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En el estudio de Pachuca Sotomayor se produce una especie de baile en el que la música pretende ser cromática y la pintura pretende ser sonora. De fondo se oyen las sonatas de piano de Mozart, pero también las piezas románticas de Schumann y Brahms.
 
Sotomayor se pone las bailarinas de artista y se sube al escenario, a ese lugar de paz y limerencia creativa en el que comienza la danza junto al cuadro. Ambos dirigen. Él le pide color, ella le da una armonía de terracotas en formas geométricas fluidas o un contraste disonante entre azules celestes y rojos bermellones con líneas tensas y serpenteantes pero que nunca pierden el ritmo. Él le pide volumen, más movimiento, ella tira el pincel y le ofrece tierra, tela, arenas, madera, tacto. Él le pide aire, no puede respirar, ella lo abre, le deja un pulmón, le da lirismo, le da vida.

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